RUBEN DARÍO

Félix Rubén García Sarmiento, mejor conocido como Rubén Darío, fue un poeta, periodista y diplomático nicaragüense que nació el 18 de enero de 1867.

 CANCIONES DE OTOÑO EN PRIMAVERA

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé...
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!


MARGARITAS

¿Recuerdas que querías ser una Margarita
Gautier? Fijo en mi mente tu extraño rostro está,
cuando cenamos juntos, en la primera cita,
en una noche que ya no volverá.

Tus labios escarlatas de púrpura maldita
sorbían el champaña del fino baccarat;
tus dedos deshojaban la blanca margarita:
«Sí… no… sí… no…»¡y sabías que te adoraba ya!

Después, ¡oh flor de Histeria!, llorabas y reías;
tus besos y tus lágrimas tuve en mi boca yo;
tus risas, tus fragancias, tus quejas eran mías.

Y en una tarde triste de los más dulces días,
la Muerte, la celosa, por ver si me querías,
¡como a una margarita de amor te deshojó!


VENUS

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
que esperaba a su amante bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

"¡Oh, reina rubia! -díjele, mi alma quiere dejar su crisálida
y volar hacia a ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar".
El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.


LOS MOTIVOS DEL LOBO

El varón que tiene corazón de lis, 
alma de querube, lengua celestial, 
el mínimo y dulce Francisco de Asís, 
está en un rudo y torvo animal, 
bestia temerosa, de sangre y de robo 
las fauces de furia, los ojos del mal; 
el lobo de Gubbia, el terrible lobo, 
rabioso ha asolado los alrededores, 
cruel ha deshecho todos los rebaños; 
devoró corderos, devoró pastores, 
y son incontables sus muertos y daños. 

Fueron cazadores armados de hierros 
fueron destrozados. Los duros colmillos 
dieron cuenta de los más bravos perros, 
como de cabritos y de corderillos. 

Francisco salió; 
al lobo buscó en su madriguera. 
Cerca de la cueva encontró a la fiera enorme,
que al verle se lanzó feroz contra él. 

Francisco, con su dulce voz, 
alzando la mano, 
al lobo furioso dijo: 
"¡Paz, hermano lobo¡". 
El animal contempló al varón de tosco sayal; 
dejó su aire arisco, cerró las abiertas fauces agresivas, 
y dijo: "¡Está bien, hermano Francisco!". 
"¡Cómo! -exclamó el santo- 
¿Es ley que tú vivasde horror y de muerte?". 
"La sangre que vierte tu hocico diabólico, 
el duelo y espanto que esparces, 
el llanto de los campesinos, 
el grito, el dolor, de tanta criatura de Nuestro Señor, 
¿no han de contener tu encono infernal? 
¿Vienes del infierno? 
¿Te han infundido, acaso, su rencor eterno Luzbel o Bellal?". 

Y el gran lobo, humilde: "¡Es duro el invierno, 
y es horrible el hambre! 
En el bosque helado no hallé qué comer y busqué el ganado, 
y a veces comí ganado y pastor. 
¿La sangre? Yo vi más de un cazador sobre su caballo, 
llevando el azor al puño; o correr tras el jabalí, 
el oso o el ciervo; y a más de una vi mancharse de sangre, 
herir, torturar, de las roncas trompas al sordo clamor, 
y los animales de Nuestro Señor. 
Y no era por hambre que iban a cazar". 
Francisco responde: "En el hombre existe mala levadura. 
Cuando nace, viene con pecado. 
Es triste. Mas el alma simple de la bestia, es pura. 
Tú vas a tener desde hoy qué comer. 
Dejarás en paz rebaños y gente en este país. 
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!". 
-"Está bien, hermano Francisco de Asís." 
-"Ante el Señor, que todo ata y desata, en fe de promesa tiéndeme la pata." 

El lobo tendió la pata al hermano de Asís, 
que a su vez le alargó la mano. Fueron a la aldea. 
La gente veía y lo que miraba casi no creía. 
Tras el religioso iba el lobo fiero, y, baja la testa, 
quieto le seguía como un can de casa, o como un cordero. 
Francisco llamó a la gente a la plaza y allí predicó. 
Y dijo: "He aquí una amable caza. 
El hermano lobo se viene conmigo; 
me juró no ser ya vuestro enemigo, y no repetir el ataque sangriento. 
Vosotros, en cambio, daréis su alimento a la pobre bestia de Dios" 
- "¡Así sea!" contestó la gente toda de la aldea. 
Y luego, en señal de contentamiento, 
movió testa y cola el buen animal, y entró con 
Francisco de Asís al convento.

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo 
en el santo asilo. Sus bastas orejas los salmos oían 
y los claros ojos se le humedecían. 
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos 
cuando a la cocina iba con los legos. 
Y cuando Francisco su oración hacía, 
el lobo las pobres sandalias lamía. 
Salía a la calle, iba por el monte, 
descendía al valle, entraba en las casas 
y le daban algo de comer. Mirábanle como a un manso galgo. 

Un día, Francisco se ausentó. 
Y el lobo dulce, el lobo manso y bueno, 
el lobo probo, desapareció, tornó a la montaña, 
y recomenzaron su aullido y su saña. 
Otra vez sintióse el temor, la alarma, 
entre los vecinos y entre los pastores; 
colmaba el espanto los alrededores, 
de nada servían el valor y el arma, 
pues la bestia fiera no dio tregua a su furor jamás, 
como si tuviera fuegos de Moloch y de Satanás. 

Cuando volvió al pueblo el divino santo, 
todos le buscaron con quejas y llanto, 
y con mil querellas dieron testimonio 
de lo que sufrían y perdían 
tanto por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo. 
Se fue a la montaña a buscar al falso lobo carnicero. 
Y junto a su cueva halló a la alimaña. 
"En nombre del Padre del sacro universo cominote -dijo- 
¡oh lobo perverso!, a que me respondas: 
¿Por qué has vuelto al mal? Contesta. 
Te escucho." Como en sorda lucha, 
habló el animal, la boca espumosa y el ojo fatal: 
"Hermano Francisco, no te acerques mucho. 
Yo estaba tranquilo, allá en el convento; 
al pueblo salía, y si algo me daban 
estaba contento y manso comía. 
Más empecé a ver que en todas
 las casas estaban la Envidia, la Saña, la Ira, 
y en todos los rostros ardían las brasas de odio, 
de lujuria, de infamia y mentira. 
Hermanos a hermanos hacían la guerra, 
perdían los débiles, ganaban los malos, 
hembra y macho eran como perro y perra, 
y un buen día todos me dieron de palos. 
Me vieron humilde, lamía las manos y los pies. 

Seguía tus sagradas leyes; 
todas las criaturas eran mis hermanos, 
los hermanos hombres, los hermanos bueyes, 
hermanos estrellas y hermanos gusanos. 
Y así, me apalearon y me echaron fuera. 
Y su risa fue como un agua hirviente, 
y entre mis entrañas revivió la fiera, 
y me sentí lobo malo de repente; 
mas siempre mejor que esa mala gente. 
Y recomencé a luchar aquí, a me defender 
y a me alimentar, como el oso hace, 
como el jabalí, que para vivir tienen que matar. 
Déjame en el monte, déjame en el risco, 
déjame existir en mi libertad; vete a tu convento, 
hermano Francisco, sigue tu camino y tu santidad." 
El santo de Asís no le dijo nada. 
Le miró con una profunda mirada, 
y partió con lagrimas y con desconsuelos, 
y habló al Dios eterno, con su corazón. 
El viento del bosque llevó su oración, 
que era: Padre nuestro, que estás en los cielos.




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