RAMÓN ORTEGA

 

RAMÓN ORTEGA
(Apellido materno)
Comayagua en el año 1885 - Tegucigalpa en 1932

VERDADES AMARGAS

Yo no quiero mirar lo que he mirado 
a través del cristal de la experiencia; 
el mundo es un mercado en que se compran; 
honores, voluntades y conciencia. 

¿Amigos?... ¡Es mentira, no hay amigos! 
la amistad verdadera es ilusión, 
ella cambia, se aleja y desaparece 
con lo giros que da la situación.

 Amigos complacientes solo tienen 
los que disfrutan de ventura y calma, 
pero aquellos que abate el infortunio 
sólo tienen tristezas en el alma. 

Si estamos bien, nos tratan con cariño 
nos buscan, nos invitan, nos adulan; 
mas si acaso caemos, francamente 
sólo por cumplimiento nos saludan.

 En ese laberinto de la vida 
donde tanto domina la maldad, 
todo tiene su precio estipulado; 
amores, parentesco y amistad. 

El que nada atesora, nada vale, 
en toda reunión pasa por necio, 
y por más nobles que sus hechos sean, 
lo que alcanza es la burla y el desprecio.

 Lo que brilla nomás tiene cabida 
y aunque brille por oro lo que es cobre. 
Lo que no perdonamos en la vida 
es el atroz delito de ser pobre. 

La estupidez, el vicio y hasta el crimen 
pueden tener su puesto señalado; 
las llagadas del defecto no se miran 
si las cubre un diamante bien cortado.

 La sociedad que adora su desodor 
persigue con gran saña al criminal, 
más si el puñal del asesino es de oro, 
enmudece… ¡y el juez besa el puñal! 

Nada humano es perfecto y nada afable, 
todo está con lo impuro entremezclado, 
el mismo corazón, con ser tan noble, 
¡cuántas veces se muestra enmascarado!

 
Que existe la virtud, yo no lo niego, 
pero siempre en un conjunto defectuoso; 
Hay rasgos de virtud en el malvado, 
Hay rasgos de maldad en el virtuoso. 

Cuando veo a mi paso tanta infamia 
y que mancha a mi planta tanto lodo, 
ganas me da de maldecir la vida, 
ganas me da de maldecir de todo.

A nadie habrá de herir lo que aquí digo, 
porque ceñido a la verdad estoy; 
me dieron a libar hiel y veneno 
hiel y veneno en recompensa hoy. 

Pero si tengo las palabras toscas 
de estas líneas oscuras y sin nombre 
doblando las rodillas en el polvo, 
pido perdón a Dios pero no al hombre.


EL AMOR ERRANTE

Filas de caserones de vieja arquitectura
que en el frontón ostentan el signo de la cruz.
Sobre la calle hosca pasa la noche oscura
como un fúnebre paño. Ni una voz, ni una luz.

En esta casa tuya, quizás, en las ojivas,
entre el silencio grave de la calleja sola,
tejieron un murmullo de pláticas furtivas
un linajudo hidalgo, y una dama española.

Más hoy es ¡oh, señora! un rondador nocturno,
un bardo trashumante de rostro taciturno
quien coloca la ofrenda de amor en tus umbrales.

Y quien, bajo la noche, frente al balcón florido,
se angustia al ver el sacro blancor de tu vestido,
que cruza vagamente detrás de los cristales. 


La convalesciente

Cuerpo de monja virgen, por el ayuno laso.
Yo vi sus ojos húmedos de inmaterial ternura;
y, de la piel suntuosa que envuelve su estructura,
miré, en aquella noche, más transparente el raso.

Pálida enferma llena de su melancolía;
cuerpo con el prestigio de los marfiles viejos;
era su voz tan tenue como un rumor de lejos;
toda ella era un perfume que se desvanecía...

Cuando marchó a su estancia me dió su mano breve
y yo la vi alejarse con un andar tan leve,
que era un frú-frú de alas el eco de su planta...

Y quise -en la suprema tensión de mi cariño-
mecerla entre mis brazos, como si fuese un niño,
para que se durmiese con una canción santa.

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